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¿Sabes qué tienen en común un corsé abandonado, un esmoquin en pasarela y un vestido blanco en el Congreso? Más de lo que te imaginas. A lo largo de los años, la moda feminista ha sido mucho más que estética. Ha sido herramienta de protesta, símbolo de resistencia y grito de libertad. Sigue leyendo, te llevaremos en un recorrido para ver cómo la moda ha acompañado —y desafiado— los roles impuestos a las mujeres, transformándose en una forma poderosa de reivindicación social.

La moda feminista, aunque muchas no lo crean, es también una manera de participar en el movimiento. A finales del siglo XIX y principios del XX, el movimiento sufragista utilizó la ropa como vehículo político. Los colores morado (libertad), blanco (pureza) y verde (esperanza) se convirtieron en códigos visuales de lucha, presentes en vestidos, carteles y banderas. La moda como herramienta feminista empezó a construir un lenguaje propio que iba más allá de lo visual.
Coco Chanel y la liberación del cuerpo femenino
En los años 20, Coco Chanel revolucionó el vestuario femenino: eliminó el corsé, popularizó el pantalón y el corte garçonne. Estos cambios no solo ofrecían comodidad, sino que representaban un nuevo paradigma de libertad. Chanel demostró que la ola feminista también puede nacer desde la alta costura.
Hollywood: estilo y rebeldía en pantalones
Marlene Dietrich y Katharine Hepburn rompieron moldes al vestir pantalones en pantalla, en un tiempo donde eso era subversivo. Décadas después, Mary Tyler Moore impactó a la televisión con la misma prenda. En cada caso, el acto de vestirse fue también un acto político.
En 1968, la quema de sujetadores se convirtió en símbolo de liberación femenina frente a la opresión sexual y social. Poco antes, Mary Quant escandalizaba con la minifalda, una prenda que representó rebeldía, juventud y empoderamiento.
Moda feminista en pasarelas y protestas
La moda encontró nuevas formas de expresión en las pasarelas. En 1966, Yves Saint Laurent presentó Le Smoking, un esmoquin femenino que encarnaba elegancia y autoridad. En 2017, Dior, bajo la dirección de Maria Grazia Chiuri, llevó a la pasarela la frase We Should All Be Feminists, dando un nuevo sentido político a la moda de lujo.
Las protestas también adoptaron símbolos visuales: desde el uniforme rojo de El cuento de la criada, usado en marchas en EE. UU., Irlanda y Argentina, hasta los atuendos con mensajes de Serena Williams en Roland Garros en 2019. Políticas como AOC, Hillary Clinton y Kamala Harris también han recuperado los colores sufragistas para eventos públicos.
¿Moda con causa o marketing disfrazado?
Hoy existe un debate necesario: ¿todas las marcas que usan consignas feministas lo hacen desde la ética? Para responder esta pregunta es necesario no perder de vista la diferencia entre moda y estilo. Mientras que éste último es el que adoptamos desde la individualidad para expresar lo que somos y lo que creemos, la moda es un reflejo del pensamiento colectivo. Pero también un reflejo del capitalismo.
El fenómeno del purple washing señala cuando el feminismo se convierte en estrategia de marketing sin compromisos reales, como condiciones laborales dignas o liderazgo femenino. Muchas de las marcas que se han pintado de los colores del movimiento poseen talleres y maquiladoras repletas de mujeres laborando en condiciones precarias. La ropa es política, pero su proceso de elaboración también.
La moda feminista sigue siendo un espejo de las luchas sociales. Su poder simbólico persiste, pero exige conciencia crítica: ¿es sólo tendencia o una verdadera herramienta de cambio? Esa respuesta también se construye con cada prenda que decidimos usar.
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