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A través de sus letras, Rosario Castellanos tejía su realidad, ese proceso le permitía entender el mundo que la rodeaba y las vivencias que experimentaba.
Precisamente, a través de las letras fue que Rosario documentó, casi sin querer, cómo fue su maternidad, los retos que atravesó en la crianza de su pequeño Gabriel, la ternura y admiración que un ser tan pequeño le provocaba.
Pero también pudo plasmar cómo la maternidad la confrontaba con otras Rosarios que existían antes de Gabriel, que conocía bien y que ocupaban cada vez menos espacio en su propia vida.
Las cartas en las que Rosario Castellanos habló sobre ser mamá
En el libro “Cartas encontradas”, Rosario le cuenta a su amigo más cercano, Raúl Ortíz y Ortíz, cómo es vivir su maternidad alejada de Gabriel durante los semestres que dio clases en Estados Unidos, entre los años 1966 y 1967.
Para ella era muy difícil estar lejos de Gabriel, perderse su crecimiento y sus ocurrencias, pues lo describe como un niño muy inteligente. Durante este periodo, Rosario teme a la soledad de su estancia, pero logra que su pequeño hijo la acompañe durante un tiempo.
En este libro también narra cómo Rosario también maternaba a los hijos del primer matrimonio de Ricardo Guerra. Cuando Castellanos vivía en México se encargaba de sostener su hogar y eso incluía cuidar de los tres niños.

En el libro “Cartas a Ricardo”, Rosario también trasmite la falta que le hace ver a sus hijos, pero también menciona que aceptó el trabajo en Estados unidos para cuidar a sus hijos, pues en ese momento tenía algunas crisis de depresión.
Más tarde, cuando Rosario se fue a vivir a Tel Aviv, Israel, junto a Gabriel, en sus cartas se percibía como una mujer más feliz y libre, que ejercía su maternidad desde el profundo amor y admiración que sentía por su hijo.
Gabriel dibujado en la poesía
Hay un poema muy famoso de Rosario en el que habla sobre los primeros años de nacido de Gabriel.
“Se habla de Gabriel”, no sólo nos muestra cómo era el pequeño bebé, sino cómo Rosario veía y experimentaba ser madre por primera vez.
Como todos los huéspedes mi hijo me estorbaba
ocupando un lugar que era mi lugar,
existiendo a deshora,
haciéndome partir en dos cada bocado.
Fea, enferma, aburrida
lo sentía crecer a mis expensas,
robarle su color a mi sangre, añadir
un peso y un volumen clandestinos
a mi modo de estar sobre la tierra.
Su cuerpo me pidió nacer, cederle el paso;
darle un sitio en el mundo,
la provisión de tiempo necesaria a su historia.
Consentí. Y por la herida en que partió, por esa
hemorragia de su desprendimiento
se fue también lo último que tuve
de soledad, de yo mirando tras de un vidrio.
Quedé abierta, ofrecida
a las visitaciones, al viento, a la presencia.
