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¿Cómo es posible que una mujer sin entrenamiento profesional, sin tecnología ni patrocinio, logre vencer en una de las competencias más exigentes de México? La respuesta está en el espíritu inquebrantable de Candelaria Rivas, la atleta rarámuri que acaba de hacer historia corriendo 63 kilómetros vestida con su traje tradicional. Su historia no solo impacta por su fuerza física, sino por el profundo mensaje cultural y social que representa.

Candelaria Rivas caminó durante 14 horas, junto a su esposo, para llegar a tiempo al Ultra Maratón de los Cañones 2025: una competencia de 63 kilómetros en Guachochi, Chihuahua. Sin experiencia previa en eventos de este tipo y compitiendo con mujeres preparadas y equipadas con calzado técnico, Candelaria corrió con lo que conoce: su cuerpo, su historia y sus huaraches. Cruzó la meta con un tiempo de 7 horas y 34 minutos.
Lo hizo sin renunciar a su identidad: vestía la ropa tradicional de las mujeres rarámuri —una falda sipuchaka, blusa bordada, pañoleta koyera, collares de chaquira y huaraches de suela de llanta—. En lugar de ser un obstáculo, su atuendo fue símbolo de orgullo, resistencia cultural y legado.
Candelaria Rivas y el poder de correr con historia
Esta victoria no se trata tan sólo de un logro deportivo; es una afirmación política y cultural. Corrió no solo para ganar, sino para mostrar que su pueblo y sus tradiciones siguen vivos. La vestimenta rarámuri es una expresión de conexión con la naturaleza, la espiritualidad y el territorio. No es un disfraz folklórico: es una extensión del cuerpo y la memoria.
Las mujeres rarámuri, históricamente invisibilizadas, encuentran en el ultramaratón un terreno para desafiar los límites que les impuso el racismo, el machismo y el clasismo. Desde María Lorena Ramírez hasta Isadora Rodríguez, el ejemplo de estas corredoras ha permitido abrir nuevos espacios de reconocimiento para las mujeres indígenas en el deporte y en la sociedad.
¿Por qué el mundo debería hablar más de las corredoras rarámuri?
El caso de Candelaria resuena tanto por su hazaña física como por lo que representa: el empoderamiento femenino desde las raíces. Correr es para ellas una práctica cotidiana, no una moda. En su cosmovisión, correr es existir, resistir, cuidar la tierra y honrar a sus ancestros.
Las grandes competencias deben reconocer el mérito que implica participar con desventajas estructurales tan evidentes. Premios justos, visibilidad mediática y respeto cultural son mínimos necesarios para compensar siglos de burla y olvido.
Más allá del podio
Candelaria Rivas demostró que no se necesitan marcas deportivas ni entrenadores de élite para destacar. Su victoria es un llamado a mirar con otros ojos a las mujeres indígenas: no como excepciones, sino como referentes.Y tú, ¿conoces la historia de otras mujeres rarámuri que corren por convicción, no por espectáculo? Hay muchas más como Candelaria esperando ser contadas.
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