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¿Cómo logra una mujer, desde una comunidad indígena, convertirse en un símbolo de dignidad y resistencia que trasciende fronteras? La respuesta está en la vida y el legado de Bety Cariño, cuya historia sigue inspirando a nuevas generaciones de defensoras y defensores de los derechos humanos. Su voz fue silenciada en 2010, pero su lucha permanece viva en cada comunidad que resiste la explotación y la violencia.

Nacida en 1973 en Chila de las Flores, en la mixteca de Oaxaca, Bety Cariño —también conocida como Alberta Cariño— fue una mujer profundamente comprometida con la justicia social. Estudió educación primaria y cursaba una maestría en desarrollo comunitario, convencida de que la educación era una herramienta para transformar realidades.
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Desde la dirección del CACTUS (Centro de Apoyo Comunitario Trabajando Unidos) impulsó proyectos de economía solidaria, autonomía indígena y educación popular alternativa. Su visión feminista y comunitaria también la llevó a promover radios comunitarias y centros de apoyo para personas migrantes, ampliando las posibilidades de organización colectiva en su región.
Bety Cariño y la lucha contra los megaproyectos extractivos
Su labor fue fundamental en la creación de la Red Mexicana de Afectadas y Afectados por la Minería (REMA), un espacio desde donde se articuló la resistencia frente a proyectos extractivos que amenazaban la vida de comunidades enteras. Su activismo buscaba defender el agua, la tierra y la soberanía alimentaria frente a un modelo económico que priorizaba ganancias sobre derechos humanos.

Este papel de liderazgo la convirtió en una referente nacional e internacional, pero también la colocó en la mira de intereses políticos y empresariales. El 27 de abril de 2010, la activista participaba en una caravana humanitaria para llevar ayuda y documentar violaciones en San Juan Copala, comunidad triqui autónoma sitiada por un grupo paramilitar. Entonces, Bety fue emboscada y asesinada junto al activista finlandés Jyri Jaakkola.
Aunque algunos responsables han sido detenidos, el caso permanece en la impunidad. Organismos internacionales, incluida la ONU, han condenado el crimen y exigido justicia. Recuerdan que la violencia contra defensoras de derechos humanos es un reflejo de las desigualdades estructurales que persisten en México.
Un legado que florece en la memoria colectiva
Cada 27 de abril, organizaciones como MAÍZ y REMA, junto con su familia, convocan actos de memoria y justicia para recordar a Bety. Además, la exposición itinerante “Semillas que Florecen”, integrada por poesía, música y obra gráfica, mantiene vivo su espíritu dentro y fuera del país. El Centro de Derechos Humanos de los Pueblos del Sur de Veracruz lleva su nombre. Y es otra muestra de cómo su lucha sigue germinando en nuevas resistencias.
La vida de Bety Cariño nos recuerda que la defensa de la tierra y los derechos humanos no es una tarea individual. Es una apuesta por la vida colectiva. Su historia abre un interrogante vigente: ¿qué necesitamos como sociedad para garantizar que ninguna defensora pague con su vida el precio de luchar por un mundo más justo?
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