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No todos los discursos de premiación se olvidan al día siguiente. En el pasado 12 de agosto, una voz resonó en el Congreso de la Ciudad de México y obligó a las y los diputados presentes a escuchar. Ana Karen Sotero, recién galardonada con el Premio de la Juventud, rompió con el guion esperado: en lugar de un agradecimiento, lanzó un mensaje firme que expuso la indiferencia institucional hacia la juventud. Lo que dijo, y lo que representa rebasa las barreras de una ceremonia.

Junto a sus compañeros del Club de Debate Poder Cultural —Alan Montoya Gómez, María Concepción Arrocena Salgado y Santiago Canto Aguirre—, Ana Karen Sotero recibió el premio en la categoría de actividades académicas, científicas, tecnológicas, personales e innovación.
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Ana Karen cuenta con dos licenciaturas: Economía por la UNAM y Gestión Territorial, Ciencias Sociales y Administrativas por la Universidad Abierta y a Distancia de México. Su experiencia profesional incluye roles como Analista Junior en ENEGENCE, representante de estudiantes en la Liga Mexicana de Debate y asistente de investigación en la UNAM. También colaboró con el Fideicomiso de Fomento Minero, participando en proyectos de economía aplicada y gestión institucional.
Ana Karen Sotero y su labor comunitaria
Pero el peso de su reconocimiento no se limita a sus logros académicos. Desde su comunidad de origen, San Isidro del Cobradero Labrador, Ana Sotero ha liderado iniciativas de salud mental, educación popular y prevención del reclutamiento forzado. Ha acompañado a víctimas, organizado redes de apoyo y promovido espacios seguros para jóvenes en zonas afectadas por la violencia.

Este trabajo comunitario refleja una visión innovadora de atención integral en contextos de abandono institucional. En un país donde la juventud enfrenta desempleo, discriminación y riesgo de violencia, estas acciones tienen un valor transformador.
Un discurso que incomodó
Durante la ceremonia, Ana Karen no dejó pasar la oportunidad para señalar la indiferencia de las y los legisladores. Denunció que conversaban mientras las y los jóvenes hablaban en tribuna y exigió leyes que garanticen empleos dignos, acceso real a educación y salud, y medidas contra la discriminación.
También alzó la voz contra el crimen organizado, recordando cómo ha desplazado y afectado a su comunidad. Criticó el uso de la juventud como “artefacto político” y llamó a un respeto auténtico, sin paternalismo. Cerró con una frase que sintetiza su postura: “¡Juventud de México! ¡Hoy y siempre seremos revolucionarios!”.
El caso de Ana Karen Sotero demuestra que el liderazgo juvenil se ejerce independientemente del reconocimiento institucional. Su profunda vocación social, y su discurso se convirtió en una exigencia pública que difícilmente pasará desapercibida. Lo que hizo en el Congreso no fue un cierre: fue el inicio de una conversación urgente que la juventud mexicana no piensa (ni debería) abandonar.
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