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¿Por qué tantas películas muestran a las mujeres desde el mismo ángulo, con los mismos gestos y los mismos cuerpos perfectos? ¿Y por qué a sus personajes no se les da más profundidad que la de ser el objeto de deseo del protagonista masculino? La respuesta está en un concepto tan extendido que muchas veces pasa desapercibido: la mirada masculina.

La mirada masculina es una idea central en la teoría feminista que explica cómo los medios —cine, publicidad, literatura— representan a las mujeres como objetos sexuales, pasivos y subordinados al deseo masculino heterosexual. Esta representación no es casual: responde a una estructura cultural profunda donde el hombre mira y la mujer es mirada.
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El concepto fue popularizado por la teórica del cine Laura Mulvey en 1975, a través de su ensayo Visual Pleasure and Narrative Cinema. En él argumenta que el cine clásico organiza la cámara, los personajes y al espectador bajo una lógica masculina que refuerza el control y poder sobre el cuerpo femenino. Años antes, el crítico John Berger ya había advertido en Ways of Seeing cómo el arte europeo también colocaba a las mujeres en ese rol pasivo, hecho para el disfrute visual masculino.
La mirada masculina como raíz de la mala representación femenina
El male gaze tiene implicaciones sociales profundas. Las mujeres no solo son retratadas como objetos decorativos, también aprenden a verse a sí mismas desde esa óptica. Este proceso de autoobservación influye en su autoestima, autonomía y en cómo se presentan en el mundo.

Este tipo de mala representación femenina también refuerza estereotipos de género: mujeres sumisas, frágiles, sexualizadas o sin agencia. Un ejemplo claro está en el cine comercial, como la saga Transformers, donde los personajes femeninos carecen de profundidad y son filmados con planos que fragmentan sus cuerpos. El male gaze borra la complejidad de las mujeres al tiempo que excluye cualquier otra mirada que cuestione la norma patriarcal.
¿Por qué debemos cuestionar el male gaze?
Reconocer que esto existe y es un problema es el primer paso para desmontar narrativas que perpetúan la desigualdad. También nos permite preguntarnos: ¿quién tiene el poder de representar? ¿Quién decide qué cuerpos son bellos, valiosos o dignos de ser protagonistas? Es clave impulsar representaciones diversas y justas. Las mujeres no son solo cuerpos a contemplar, son sujetos con agencia, voz y derecho a ser mostradas en toda su complejidad.
Visibilizar la mirada masculina es una forma de resistir el control simbólico que afecta la vida cotidiana de millones de mujeres. Si queremos construir medios más igualitarios, necesitamos contar con más voces, otras miradas y nuevas narrativas que rompan con siglos de representación desigual.
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