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Cierra los ojos e imagina que eres una niña con un sueño: ser una reconocida actriz del cine nacional. Todo va bien, has conseguido compartir la pantalla con Silvia Pinal y protagonizar una de las más icónicas películas de horror mexicano que han existido. Pero un día, todo se termina… y no porque tú lo quieras. Lucy Buj parecía tener el mundo en sus manos, su talento le abrió puertas que pocas consiguen cruzar. Pero el acoso y la violencia de género la hicieron renunciar.

Lucy Buj fue una figura emblemática del cine mexicano a finales de los años 60 y principios de los 70. Su rostro es recordado por películas como “María Isabel”, “El libro de piedra” y “Primera comunión”, donde compartió créditos con leyendas como Silvia Pinal. Pero justo cuando su carrera despegaba, decidió alejarse de la actuación a los 11 años. ¿La razón? Un episodio de acoso por parte de un director, quien le propuso reunirse en privado para “cerrar” un contrato.
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La respuesta de Buj fue tan contundente como reveladora: “Yo todavía juego con Barbies… si quiere que yo firme, hable con mi mamá”. Este límite infantil, pero poderoso, bastó para que su padre decidiera protegerla y retirarla de un entorno que ya mostraba señales de peligro.
Lucy Buj y el eco de una denuncia que no envejece
El testimonio de Lucy no es un caso aislado ni parte de un pasado superado. Actrices como Karla Souza y Alejandra Ávalos también han denunciado violencia de género en los medios, muchas veces sin recibir justicia ni reparación. La cultura del silencio, el temor a represalias y la normalización del abuso siguen presentes, especialmente en industrias altamente jerárquicas y masculinizadas como el cine.
A pesar de los esfuerzos de colectivos como Cineastas Unidas y de redes institucionales como la de PROCINECDMX, la impunidad sigue siendo la norma. Muchas mujeres optan por abandonar sus aspiraciones antes que enfrentar las consecuencias de denunciar.
Reinventarse fuera del foco: El legado que incomoda, pero abre camino
Después de dejar el cine, Buj estudió idiomas y se formó como intérprete y traductora con la intención de trabajar en una embajada. Con los años, se dedicó al comercio en tianguis, donde aún era reconocida por su pasado cinematográfico. Aunque su vida tomó otro rumbo, nunca descartó regresar al cine en papeles pequeños, pues la pasión por actuar nunca se apagó.
La historia de Lucy es un recordatorio doloroso pero urgente: los espacios artísticos, que deberían ser seguros y creativos, aún reproducen lógicas de poder desiguales y machistas. Su caso no solo habla del pasado, sino de lo que aún queda por transformar. Apostar por la prevención del acoso, la creación de protocolos claros y la formación en perspectiva de género no es una opción: es una necesidad.
Lucy Buj no buscó ser símbolo ni mártir. Pero su historia interpela. Nos recuerda que muchas veces los sueños se rompen no por falta de talento, sino por la violencia que habita los espacios donde deberían florecer. Hoy, más que nunca, su decisión resuena como un llamado a construir un cine libre de abuso y lleno de dignidad.
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