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Por: Aída López Sosa
La crónica de viaje deja de ser un escueto registro de hechos, anécdotas y aventuras cuando se escribe a lo largo de la vida para convertirse en un recuerdo íntimo que plasma distintos momentos, etapas y estados por los que atraviesa el escritor, los escritores nos muestran los espacios a través de sus palabras. Silvia Quezada autora de Cordillera de nubes (Ateneo Ars/Prometeo Editores, 2024) narra su propia odisea homérica en veinte crónicas que transportan al lector en barcos, aviones, autobuses, barcas, vehículos a distintos continentes en los que la escritora emprende largas caminatas, nada mejor que las caminatas para vivir los sitios desconocidos, para imbuirse en la cultura del lugar, conocer personajes y seguir la huella de escritores, escritoras, mártires, pintores y vivir experiencias únicas en lugares recónditos. Viajar para entender el mundo y reconciliase con la vida. Reconocernos.
Con mirada curiosa y observadora la también investigadora y académica emprende un viaje introspectivo en compañía de amigas, pareja, hijo, tías hasta llegar a la madurez con su nieta. Nos invita a caminar con ella los paisajes con sus montañas, lagunas, ríos, parques, bibliotecas, hoteles, iglesias, mercados y hasta cementerios; a saborear comidas y bebidas representativas de cada país que habita; conocer costumbres y curiosidades, incluso, sinsabores que puede experimentar un turista o alguna persona que viva en un país extranjero, vivir en otro país es dividir el corazón en dos. Precisamente un hecho desafortunado es el que intitula el libro cuando evoca su país: El sol de México. Su transparencia. La inacabable cordillera de nubes en el horizonte. Las lluvias desatadas de mayo, los sauces blancos. El verdor costero del Pacífico y la policromía del Sur…El país conocido que no habría de desconocernos. Fragmento que se lee en la crónica “Barcelona”, ciudad en la que vivió con su pareja y su pequeño hijo y de la que retornó a su natal Guadalajara.

EL PÉRIPLO LITERARIO
Con espíritu investigador Silvia Quezada se documenta antes de emprender un viaje. Así es como busca los espacios donde vivieron y convivieron los personajes que ella admira. En otras ocasiones sin buscarlo encuentra lo inesperado como en la crónica “Birmingham” en la que cuenta el descubrimiento de la novela del Abate Prévost: Manon Lescaut, la misma cuya historia inspiró al compositor italiano Giacomo Puccini para convertir en una ópera en cuatro actos. En la crónica “La Habana”, la escritora tuvo la oportunidad de vivir en la casa del caricaturista cubano Rafael Fornés, quien había trabajado en el rotativo Revolución y le regaló un par de viñetas. En “París” el banquete artístico y cultural estaba servido para que la escritora degustara no solo la gastronomía, sino lo espacios donde confluyeron los escritores Ernest Hemingway y Jame Joyce o el pintor Salvador Dalí y el poeta Jean Cocteau, conocer la casa de Vincent Van Gogh y seguir los pasos de Julio Cortázar en La ciudad de la luz. Los versos de la poeta venezolana María Calcaño acompañaron a Silvia en un café en la crónica “Maracaibo” para evadir el bullicio de una caravana política. En “Puerto Rico” visitó el Cementerio de Santa María Magdalena donde está sepultado el poeta español Pedro Salinas, debe existir una especie de felicidad al estar muerto y seguir reviviendo el golpe monótono de océano. Una de las experiencias más intensas es la que narra la escritora en “Buenos Aires” donde la Divina Comedia de Dante Alighieri la vivencia en una monumental obra de cien metros de altura del arquitecto Mario Palanti. “La casa de la felicidad” de la poeta Juana de Ibarborou sorprendió a Silvia Quezada el día de su cumpleaños, le pedí un abrazo a la primera persona que cruzó en la acera, cuenta en “Montevideo”. En “Panamá” la escritora narra dos hechos que marcan su trayectoria, el primero haber realizado una estancia académica y hospedarse durante un mes en la casa donde vivió la dramaturga Isis Tejeira y el segundo, recibir de las autoridades la Llave de la Ciudad.
Parte del viaje narrativo son el “Lago Bodesse” en Baviera donde asistió a la boda celta de una amiga en la ermita de una colina en medio del bosque. Sus experiencias y travesuras en el Museo del Sexo en la crónica “Praga”; la convivencia con sus tres tías, las hadas madrinas, en “San Francisco”. El coloquio que sostiene con dos amigas después de ver la película Titanic que motiva los viajes de exploración de cada una, el de ella en “Southampton”. La experiencia emocional en el memorial de John Lennon en “Nueva York”. Los tres libros que dejó para quienes los encontraran con la leyenda: Este es un libro-libre, si ha llegado a tus manos es tuyo. Te invito a leerlo y si te apetece un comentario a la siguiente dirección electrónica”, en “Varsovia”. La pérdida de su maleta en “Venecia”. El hallazgo de una biblioteca donde se regalan los libros y la historia de esta y su propietario en “Manila”. La interrupción de su viaje en “Guatemala” por el inicio del COVID-19. Los tropiezos al tratar de investigar a un personaje del siglo XIX en el Archivo Histórico y el Palacio de la Inquisición en la crónica “Cartagena de Indias” y finalmente el viaje con su nieta a “Colón”, ciudad en la que un mártir pidió que embalsamaran su corazón para entregarlo a su amada y donde vivieron la experiencia de estar en dos océanos: Pacífico y Atlántico, apenas separados por sesenta y nueve kilómetros.

LA POÉTICA DE LA VIAJERA
Silvia Quezada es una observadora de la vida. Una viajera crónica. Como académica e investigadora ha formulado un método de trabajo que aplica en su trashumancia. En una libreta o agenda que siempre lleva consigo toma apuntes de hechos que le llaman la atención y son significativos. Precisamente Cordillera de nubes, su libro veinte y el único del género literario, es resultado de las reflexiones que afloran de asombros y peculiaridades de lugares y personas que descubre en sus viajes literarios en los que suele visitar casas, cafés, calles donde confluyeron los autores que ha leído y admira. La inmersión estética en las rutas personales ha enriquecido sus vivencias y su creación literaria. Autora de libros de cuentos, ensayos y una novela, su último libro de crónicas es también un Diario compartido con la familia y las amistades que forman parte de las historias. La estilística de la prosa en ocasiones poética matiza las emociones y sensaciones en el lector. La sensibilidad de la narrativa sin florituras ni artilugios, pero con una técnica depurada, hace que la mirada fluya como los aviones de papel que ilustran la portada, cuyo viento impulsor son sus palabras. Sin tener la vocación de guía, el libro puede serlo en cuanto lugares emblemáticos, costumbres, gastronomía y peculiaridades distintivas de la ciudad visitada. Cordillera de nubes tiene la posibilidad de sumarse a las vivencias de cada lector en un eterno retorno.
